Antes del plato, existe el gesto. Una mirada sobre la mesa como ritual, silencio y forma profunda de recibir.
Antes de ser un espacio, la mesa es un gesto. Un acto de hospitalidad que atraviesa culturas, territorios y generaciones.
Sentarse a la mesa no significa únicamente compartir alimentos. Es aceptar una invitación implícita: escuchar, observar y respetar el ritmo del otro. En las experiencias que permanecen en la memoria, el servicio es sutil, el silencio tiene lugar y cada decisión responde a una intención.
No se trata de abundancia ni de espectáculo. El verdadero lujo aparece en la atención, en la selección precisa, en la armonía entre el espacio, el tiempo y quienes lo habitan.
Cuando la mesa se convierte en ritual, el viaje deja de ser externo. Se vuelve íntimo.
Una experiencia que no se explica: se siente.