El sabor nunca es neutro. Antes de ser placer, es recuerdo.
Un ingrediente puede transportar a una infancia, a una mesa familiar, a un territorio específico que se reconoce incluso con los ojos cerrados. La gastronomía, cuando es auténtica, no busca impresionar: busca resonar.
En los viajes que dejan huella, el sabor no aparece como espectáculo. Surge del respeto por el origen, del conocimiento del producto y del tiempo dedicado a comprenderlo. Cada técnica, cada cocción y cada silencio en la cocina hablan de una cultura que se expresa sin palabras.
No se trata de acumular platos ni de seguir tendencias. Se trata de entender por qué un sabor existe de esa forma y no de otra. El clima, el suelo, la historia y las manos que transforman los ingredientes forman parte de una misma narrativa.
Comer, en este contexto, es un acto de memoria activa. Una forma de conectar con el lugar a través del cuerpo.
Cuando el sabor se convierte en lenguaje, el viaje deja de ser solo visual. Se vuelve profundo, íntimo y duradero. Porque lo que realmente recordamos de un lugar no es lo que vimos, sino lo que sentimos al saborearlo.